El Nacional-                                       27 de septiembre de 2005                                          A11

 

Hugo Chávez compra apoyo en América Latina

JACKSON DIEHL, THE WASHINGTON POST

 

Gracias a la Asamblea General de la ONU, los presidentes de tres grandes naciones de Suramérica visitaron Estados Unidos simultáneamente este mes. Dos de ellos son aliados cercanos de Washington y, mediante la diligente implementación de políticas de libre mercado, han capitaneado un desarrollo económico impresionante y una disminución de la pobreza en sus naciones. El otro se ha declarado enemigo de Washington y, a pesar de recibir una extraordinaria bonanza de ingresos petroleros, se las ha arreglado para incrementar la pobreza en un 25%. Lo más probable es que sólo haya oído hablar de uno de estos tres presidentes.

 

Hugo Chávez, el presidente “revolucionario” de Venezuela, quien jugó un llamativo papel en Nueva York al recorrer Harlem y el Bronx, conversar con Ted Koppel y complacerse con los aplausos de la Asamblea General por sus denuncias hiperbólicas contra el “imperialismo” y el capitalismo estadounidense. Al contrario, Álvaro Uribe de Colombia y Alejandro Toledo de Perú pasaron por Nueva York y Washington suscitando apenas un murmullo. No sólo eso: ellos en realidad querían pasar desapercibidos. Es cierto que ambos convinieron en reunirse con jefes y reporteros de The Washington Post, mas ninguno se mostró dispuesto a hablar en público sobre el acontecimiento más importante registrado en América Latina en años: La cada vez más suspicaz prominencia de Chávez como el sucesor político e ideológico de Fidel Castro y sus agresivos esfuerzos por triunfar donde Castro fracasó - construir una alianza anti-Washington.

 

Esto no significa que Uribe y Toledo, así como los líderes izquierdistas de Brasil y Argentina, simpaticen con Chávez en secreto, porque no es así. Toledo, quien fuese víctima de la dictadura con forma de democracia de Alberto Fujimori, difícilmente puede admirar la destrucción similar de la libertad política de Venezuela. Por su parte, Uribe combate a un movimiento guerrillero de izquierda creado décadas atrás con la ayuda de Castro y que Chávez respalda en la actualidad, al punto de haber conferido asilo y hasta ciudadanía venezolana a uno de sus máximos líderes. Aún así, Uribe rehusó hacer comentarios sobre Chávez para su publicación.

 

Toledo se limitó a mencionar la nueva fórmula de la OEA: “No basta con ser elegido democráticamente; también es indispensable gobernar democráticamente”. Pero se le escapó la siguiente frase: “Si yo tuviese tantos ingresos petroleros como el presidente Chávez, sería otra historia.” Las bufonadas de Chávez en Nueva York -copiadas casi con exactitud de las apariciones de Castro en la ONU- no son lo más asombroso de todo esto, sino el silencio y aparente desmoralización de esos líderes latinos que no han podido deshacerse del “consenso de Washington” en materia de mercados libres y políticas democráticas. A la luz de toda medida razonable, tanto Uribe como Toledo se han adjudicado una victoria: Sus economías crecen con rapidez, las exportaciones y la inversión extranjera van en aumento y la extrema pobreza ha disminuido.

 

En Perú y Colombia, la cantidad de personas que viven con menos de 2 dólares al día asciende a 54 y 52% respectivamente. En la Venezuela de Chávez, el porcentaje ha subido de 43% en 1999, año en que asumió el mando, a 53% el año pasado, de acuerdo con estadísticas proporcionadas por su propio gobierno. Durante este mismo período, el ingreso petrolero, que justifica la mayor parte de los ingresos del gobierno, casi se duplicó. Aún así la auto-proclamación de Chávez como el paladín de los desposeídos de América Latina no es cuestionada por sus homólogos.

 

¿Cómo es esto posible? En parte, desde luego, porque Chávez sabe explotar el populismo y el sentimiento antiestadounidense, una imperecedera corriente oculta en la política de la región y en gran extremo ciega a los resultados. El mandatario venezolano es mejor político que Uribe, serio y austero, e indudablemente mucho mejor que Toledo, cuya crónica actitud poco presidencial (aunque inofensiva) le ha hecho merecer el más bajo índice de popularidad entre todos los presidentes latinos. Sin embargo, el comentario que Toledo pronunció en voz baja apunta a una diferencia crucial: Chávez literalmente está comprando el apoyo de sus vecinos. Con cada repunte en los precios del crudo aumentan sus obsequios, antes limitados a Cuba solamente.

 

El mandatario venezolano suministra petróleo subsidiado a 13 naciones caribeñas y prometió una refinería nueva a Brasil; compró 538 millones de dólares de la aplastante deuda exterior de Argentina; tomó el lugar de Ecuador, otro productor de crudo, cuando éste fue incapaz de cumplir con sus compromisos de exportación durante varios días. Una escuela de zamba en Río de Janeiro obtuvo su padrinazgo. En pocas palabras, cualquier latino en búsqueda de una limosna mira hacia Caracas. Esa es la razón por la cual cuando Uribe y Toledo hablaron sobre Venezuela con sus contactos en el Congreso y la Casa Blanca, el mensaje fue simple: Dejen de hablar de Chávez y comiencen a competir con él. Los insultos proferidos en su contra, ya sea de Pat Robertson o Donald Rumsfeld, sólo elevan su popularidad desmesuradamente; entretanto, otros líderes acosados se preguntan si Washington tiene algo que pueda compararse a las dádivas de Chávez. Las oportunidades para competir son fácilmente accesibles.

 

Por ejemplo, el tratado de libre comercio andino con Estados Unidos que los presidentes colombiano y peruano quisieran concluir antes de finales de octubre. Ahora bien, sus opiniones serían más convincentes si estuviesen dispuestos a enfrentar resueltamente la violación de normas democráticas por parte de Chávez y su injerencia en otros países. Pero al mismo tiempo, ellos esgrimen un punto válido: el gobierno de Bush tendría mayor impacto si actuase como si Estados Unidos -en lugar de Venezuela- fuese el líder económico del hemisferio.