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Venezuela
en la prensa internacional Las
consecuencias económicas de esta estupidez es el empobrecimiento colectivo de
la sociedad. Mientras más empresas públicas pierden dinero, más pobre se va
haciendo la sociedad que debe sostenerlas. ¿Por qué cree el señor Chávez que
los países comunistas eran rematadamente miserables? Esos millares de
empresas atestadas de trabajadores innecesarios, dirigidas por burócratas
apáticos dedicados a repetir consignas políticas, inflexiblemente regidas por
precios controlados, inevitablemente desembocaban en el desastre general. Eso
se lo explicó paciente e inútilmente Ludwig von Mises a Lenin en un libro
llamado Socialismo, publicado en 1922, cuando la revolución bolchevique
acababa de estrenarse. No le
hicieron caso. Pero no porque los comunistas no entendieran los razonamientos
impecables del economista austríaco, sino porque la decisión de apoderarse de
la propiedad privada era ideológica, no económica. Marx, que era un profeta
iluminado, había asegurado que al cambiar el régimen de propiedad (la
estructura) se modificarían la mentalidad social y las instituciones (la
superestructura), dando lugar a la aparición del hombre nuevo, una virtuosa y
solidaria criatura que construiría el paraíso sobre la tierra. A Lenin le
importaba un rábano si todas las empresas se hundían: lo que quería era una
masa de soviéticos obedientes para poner a prueba las disparatadas teorías de
Marx, y, de paso, para gobernar despóticamente como el implacable autócrata
que era. Chávez, de
la mano de Castro, su carísimo mentor, va exactamente por el mismo camino.
Detrás del desmantelamiento del sistema de propiedad privada no está la
búsqueda de la eficiencia económica sino del control político. Donde no hay
propiedad privada es imposible la rebelión o la simple desobediencia civil.
Donde el Estado es dueño de los medios de producción, la sociedad agacha
servilmente la cabeza porque el gobierno le controla su modo de alimentarse,
y porque cada empresa se convierte en un eslabón más de la cadena represiva.
Eso explica que ninguna dictadura comunista desapareciera como consecuencia
de una rebelión popular masiva. El ciudadano en manos del Estado es un ser
indefenso. Los que recordamos con nitidez el proceso que condujo a la caída
del Muro de Berlín lo sabemos de sobra: el comunismo colapsó cuando los
alemanes comenzaron a correr hacia las fronteras y Gorbachov se negó a disparar.
No corrían hacia los cuarteles a disputarles el poder a los militares, ni
hacia las oficinas del Partido a enfrentarse a los funcionarios de la
dictadura. Trataban de escapar, no de pelear, porque la experiencia, con la
excepción de un puñado de heroicos disidentes, los había domesticado. El objetivo de eliminar la propiedad privada en Venezuela es ése: comenzar la estabulación de la sociedad para poder someterla sin misericordia. Las instituciones se convertirán en establos. Los venezolanos serán controlados en su vecindario por los Círculos Bolivarianos y en las empresas trabajarán bajo el ojo atento e implacable del sindicato oficialista. Las familias, asustadas, se partirán en pedazos hostiles. El Parlamento, a su vez, dictará las leyes necesarias para sujetarlos con una brida fuerte, mientras los tribunales, dóciles a la autoridad del Ejecutivo, serán implacables con cualquier transgresión de unas normas deliberadamente vagas e imprecisas, de manera que las sanciones se puedan imponer de acuerdo con las necesidades coyunturales de la revolución. Cuando se haya cerrado el círculo del terror, no habrá prensa libre ni se oirán otras voces de protesta que los alaridos de las víctimas. Pero lo terrible será la indiferencia general ante estos hechos monstruosos. Así ha sido siempre. |
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